Verónica Llinás es la protagonista y la codirectora, junto a Laura Citarella, de “La mujer de los perros”. El largometraje sobre una mujer silenciosa que vive con una jauría que la acompaña y juntos se apartan de la sociedad para hacer de la caza y recolección su mundo. A continuación transcribimos la maravillosa crítica que la escritora Silvina Giaganti publicó sobre el film para  

La mujer de los perros, de Laura Citarella y Verónica Llinás
El segundo o tercer relato que publiqué en mi vida y el primero que escribí sobre un ser vivo puntual fue sobre Poxi, la perra mestiza que vive conmigo hace doce años y que me trajeron a los quince días de haber nacido, en una caja de zapatos de una zapatería de barrio desde Berazategui, donde la parieron con cinco cachorros más, hasta Avellaneda, donde yo trabajaba en ese momento. Me acuerdo que la agarré y me la puse en el bolsillo del saco porque no podía creer su tamaño, después la volví a dejar en la caja color crema y a las diez de la noche, cuando salí de trabajar, nos tomamos el 98 hasta el departamento de Constitución donde vivía con Bembé, una gata atigrada que la habían tirado desde el balcón de un edificio vecino, y que decidió residir en el motor de un auto abandonado de la cuadra, hasta que dos meses después de llevarle comida todos los días, me siguió hasta la puerta del edificio y entró y subió hasta el cuarto piso y se quedó a vivir.

Sé algunas cosas de los perros: que son – con el resto de los animales – probablemente lo único mágico que queda sobre la Tierra. Que nací y me voy a morir teniendo perros. Que los que tenemos un issue con el abandono, tenemos perros. Que me curo como se curan los perros: alejándome. Y que vivir con un perro es mi manera personal de ser rica.

Hace una o dos semanas vi el afiche de la película La mujer de los perros, donde se ve la espalda una mujer fuerte, contundente y decidida que camina entre pasto bien crecido agarrando con firmeza del cuello a dos perros mestizos. Fui a verla el sábado a la Sala Lugones.

La primera escena es una continuación del afiche, solo que sin perros en las manos. Se ve a la mujer caminando con un bolso cruzado en la espalda donde lleva ramas, cañas y tubos, inspeccionando el territorio. Va con una gomera y le tira a todo lo que se mueve entre los árboles. Después nos enteramos que eso va a ser parte de su futuro alimento. En la única otra ocasión que usa la gomera es paradefenderse de unos pibitos que le tiran una piedra. La nobleza de usar un elemento de ataque sólo para dos instancias: para defenderse y para sobrevivir. Como los perros, que solamente atacan para defenderse y para sobrevivir. La mujer, la única mujer de la película, la única protagonista de la película, no tiene nombre, no sabemos cómo se llama ni escuchamos su voz. Sabemos que habla porque en tres circunstancias – una visita al hospital, un comentario de una conocida, el monologo de un cuidador de vacas – se la encuentra en el medio de un semidiálogo del que nunca participa. Sus gestos son menos que minimalistas. Vive en un rancho construido con chapa, plástico, cañas largas, bolsas de arpillera, cajas de madera de frutas y verduras. Sus cosas también están hechas de lo que el resto de la sociedad desecha: botellones de agua, botellas de vidrio, cajas de fósforos vacías, tapitas de envases, anteojos de sol tirados a los que les falta una parte. Y se nutre de la naturaleza de la que no se nutre nadie: se lava con agua de charco, junta ramas de los árboles, hace fuego con lo que tiene a mano.

La mujer vive con perros, vive con una jauría que la acompaña a todos lados. Perros grandes, medianos y cuzcos que van atrás, a los costados y adelante a donde va esta cazadora y recolectora postapocalíptica que se mueve en los ultra márgenes de la sociedad, que no se sabe cuál es su pasado ni de dónde viene, y que establece una relación de conexión casi simétrica con los perros, excepto cuando los tiene que atar para hacer algo que en mi opinión es una de las escenas más altas y conmovedoras de la película. Y cuando se siente mal y no puede levantarse y los perros entonces no pueden salir y se fastidian y empiezan a molestar a uno color café con leche. Ahí se nota que hay algo mínimo como un jefe que ordena. Que es ella.

La película está dividida por estaciones del año, que cambian el color del cielo, el color del campo y la ropa de esta mujer. Cada vez que cambia una estación, en la película irrumpe la música entre electrónica y de western de Juana Molina, y el efecto es tal vez el de cortar con la sensación de que se está viendo un documental, un registro sin intervención de la ficción. La actuación de Verónica Llinas es un lujo, lo que hace con los ojos es lo que hacen los perros con los ojos: transmitir todo.

Me gustaría decir que la marginalidad y la pobreza no es lo que hay en esta película: lo que hay en esta película es la soberanía de una mujer de entre cuarentaipico y cincuentaipico, sin techo ni ley que decide vivir por la suya, con un cuerpo fuerte y una mirada serena, tal vez nostálgica pero serena, y que en su andar marca territorio como en la escena donde ahuyenta a un muchacho nada mas que parándose y mirándolo fijo.

Cuando la vi pensé en el Walden de Thoreau y hoy, mientras escribia esto, abrí el libro y me encontré con esta frase de un párrafo más largo sobre la vida en soledad y al margen del mundo: “La mayoría de los hombres lleva vidas de tranquila resignación. Lo que se llama resignación es desesperación confirmada”. Da la sensación de que La mujer de los perros vive en un puro presente, a veces, para el espectador, un poco abrumador. Para ella, pareciera, es de puro asombro, es decir, sin resignación.

Silvina Giaganti estudió filosofía en la UBA. Es docente. Escribe. Coordina talleres de escritura creativa. Es defensora en el Club Social y Deportivo Cabrera. Vive con Poxi en Monserrat. En Twitter es @sgigantic.

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